La semana pasada salía de Jaén por la carretera de Granada y pude contemplar la gran cantidad de personas que se congregaban alrededor del recinto ferial y el albergue municipal. La inmensa mayoría de los allí congregados eran magrebíes y subsaharianos. Moros y negros, para entendernos. Si estaban allí a las doce de la mañana y en plena campaña de recolección de la aceituna no era por gusto, sino porque no habían encontrado tajo al que acudir.
Frente a la puerta del albergue había una gran cola y una patrulla policial controlaba que no se produjese ningún incidente en el acceso. ¿Que piensan estos tíos? - me pregunté- ¿No se dan cuanta de que aquí ya no hay nada que hacer este año? Intenté responder a mi pregunta poniéndome en la piel de cualquiera de ellos:
"Puta vida. No tengo nada y nunca lo tuve. Vengo aquí buscando una oportunidad y ahora me salen con lo de la crisis. Desde hace diez años venía currando en la aceituna gracias a que los de por aquí ya no querían pasar fatigas. A mi no me gusta que se me agrieten las manos, ni que se me corte la cara. Tampoco me gusta volver por la noche reventado a un frío barracón, o a una casa derruida. Pero es lo que hay. Tenía que ahorrar todo lo posible para mandar dinero a casa. Con lo que ganaba en un mes vivíamos casi seis meses,... medio año resuelto,... y ahora me salen con lo de la crisis. Yo no he notado la crisis porque siempre estoy en crisis. Cuando no tienes nada, no puedes tener menos. Visto así, es una ventaja ser pobre.
Apenas sé escribir en mi idioma,... ¿cómo iba a estar al tanto de la evolución del mercado laboral? No hay periódicos para inmigrantes, ni emisoras de radio para inmigrantes, y si los hubiera no podría acceder a ellos porque no tengo un duro, vamos, ni para pilas. ¡Yo qué carajo iba a saber que aquí no había curro! ¡Si lo sé no vengo! A mi me lo dijo mi primo, lo de que este año podía haber menos trabajo y que por eso había que venir pronto. Llevo aquí desde finales de noviembre. Este año no hay barracón ni casa derruida. Como no trabajo no puedo pagar ni eso. En el albergue no hay sitio, así que estoy con unos colegas en un pequeño almacén abandonado.
Los otros días vino un tipo pidiendo gente para descargar un camión en un polígono. Estuve cinco horas con mi colega Hamed, que sabe algo de español y pudo entenderse con el tipo aquel. El muy cabrón dijo que nos daría 20€ a cada uno. Al final nos dio 20€, pero para los dos. ¡La madre que lo parió! Eso me pasa por fiarme de la gente.
No tengo a dónde ir. Hay una ONG que suele repartir comida, así que durante la campaña me quedaré por aquí. Luego, probaré suerte por Almería o por Murcia. Hamed dice que conoce a un marroquí que se ha comprado un invernadero en El Egido y que quizás tenga trabajo para nosotros, aunque con lo de la crisis,... no sé,... lo mismo a los de allí tampoco se les caen ya los anillos por currar debajo del plástico. Puta vida esta."
Pensándolo bien, si que está jodida la cosa para esta gente, pobrecillos. Bueno,.... pues nada, hasta aquí mi contribución a la gran maniobra navideña de limpieza de conciencias. Espero que durante al menos tres minutos hayan sentido un incómodo hormigueo en el estómago. Si así ha sido, ¡enhorabuena!, acaba usted de limpiar su conciencia. Si no ha sido así, pruebe a mirar los anuncios de niños negros en televisión -los que anuncian zapatillas deportivas no valen- los de chiquillos, con poca ropa y la cara sucia. También puede ver algún reportaje de esos que salen pobres comiendo el rancho de los albergues, o seguir el tele-maratón solidario de turno. Cuando hayan sentido el hormigueo, ya tendrán su conciencia tranquila y podrán pensar en qué se van a poner en Nochevieja, qué vino blanco irá mejor con los langostinos, o qué nuevo juguetito le regalarán a los pequeños energúmenos de su prima Manolita para que lo destrocen, o en el mejor de los casos olviden, en menos de una semana.
¡Feliz Navidad a todas y todos!